musicofilia

Afirma Oliver Sacks, uno de los grandes escritores clínicos de este siglo, que los seres humanos «somos una especie tan lingüística como musical», y aunque el fenómeno de la música sea complejo y se extienda a diversas zonas del cerebro, también es susceptible de muchas distorsiones y «enfermedades». Pues la música no sólo nos eleva a grandes alturas emocionales o actúa de acicate de la memoria, sino que puede sumirnos en la depresión o empujarnos a comportamientos y percepciones totalmente obsesivos.
A través de fenómenos como la «amusia» -o incapacidad para sentir la música-, el hipermusical síndrome de Williams -un extraño fenómeno de extrema sociabilidad-, las alucinaciones musicales, las melodías pegadizas susceptibles de convertirse en bucles sonoros, los perjuicios de nuestra fijación con el iPod o la música como inspiradora de auténtico terror, Sacks elabora un lúcido análisis de la identidad humana y de cómo la música, en un mundo en el que no hay manera de escapar de ella, es un factor clave para crear esa identidad, ya sea de una manera patógena o como un agente enormemente positivo a la hora de tratar el Parkinson, la demencia, el síndrome de Tourette, la encefalitis o los ataques de lóbulo temporal.

a propósito de los 10 años de Columbine

Sobre todo esto se ha hablado, escrito y discutido mucho en EE UU, el lugar del mundo donde se han centrado este tipo de episodios en institutos y universidades, cometidos en la mayoría de los casos por uno de sus propios estudiantes. En 2002 se publicó en Washington un estudio conjunto del Departamento de Educación y el Servicio Secreto, Consideraciones para la prevención de los ataques a escuelas en EE UU, en el que se analizaban 37 casos ocurridos entre 1974 y 2000. Y he aquí la conclusión inconclusa: "No hay un perfil certero ni útil de los estudiantes envueltos en ataques a centros escolares".No lo hay, salvo que todos son varones, la mayoría entre 13 y 18 años. Apenas algunos puntos en común, demasiado inconexos para dibujar un patrón. "Nunca podremos solucionar todos los problemas y las cuestiones que determinan el comportamiento humano, muy complicado y complejo, tanto que la mayoría de las veces no se puede anticipar", decía Alvin Poussaint, profesor de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de Harvard, a la cadena norteamericana CBS poco después de la masacre de la Universidad de Virginia.Sí hay un punto en común, que si bien no explica el porqué sí señala el cómo: el acceso a armas de fuego.
El informe de 2002 de EE UU saca una conclusión empírica muy clara: de los 37 casos estudiados, en la mayoría los agresores no sólo tenían acceso a armas de fuego, sino que las habían usado y sabían cómo hacerlo. Para el psiquiatra italiano Antonio Preti, asesor clínico de los juzgados de Cagliari, "las personas que no tienen acceso a armas mortales son menos propensas a matar a otros o a matarse a sí mismos".
En EE UU, el fácil acceso a las armas es una cuestión de derecho constitucional, enredado absolutamente en la personalidad nacional. Michael Moore denunció precisamente eso en un documental sobre el suceso del instituto de Columbine, en Colorado, donde en 1999 dos adolescentes causaron 14 muertes antes de suicidarse. El debate se reabre en EE UU cada vez que hay un suceso de este tipo, pero no avanza.
Tan sólo unos síntomas que se pueden dar en cualquier persona en cualquier parte del mundo sin que lleguen a desencadenar semejantes matanzas. Se trata, por ejemplo, de la premeditación que hallaba el informe estadounidense de 2002, un periodo de incubación en que los muchachos suelen lanzar señales de auxilio.
"No son estudiantes invisibles. De hecho, casi todos ellos se comportan de manera que causan preocupación al menos a un adulto [...]", dice el texto. Muchos pasan por algún tipo de dificultad, un sentimiento de pérdida, y muchos han sido víctimas o se sienten víctimas de acoso escolar. "El acoso escolar y la victimización en la escuela se han señalado como factores de riesgo; pero el mayor factor de riesgo son las tendencias suicidas, como un síntoma del desorden mental. De hecho, el intento de suicidio se encontró en la mayoría de los casos", dice el psiquiatra italiano Antonio Preti. El especialista publicó un artículo en la revista de la Academia Americana de Psiquiatría y Justicia en el que conectaba la mayoría de estas masacres en escuelas con el suicidio.
También se ha hablado del afán de notoriedad por parte de las víctimas: los dos atacantes finlandeses dejaron grabado un vídeo en Internet en el que explicaban sus intenciones y sus motivos, venganza por ese acoso, por una decepción, porque se sienten atacados, perseguidos... "Creo que hay una especie de cultura de los ataques a centros escolares, lo que incluye a muchos individuos de países occidentales. Se comunican con los otros, se animan y en cierto sentido se garantizan esa inmortalidad", dice el profesor finlandés Vesa Puuronen.
"En las cuatro semanas siguientes al incidente del Columbine más de 350 alumnos fueron arrestados en EE UU acusados de algún tipo de amenaza contra escuelas", recuerda Antonio Preti, que reclama unas guías de actuación para la cobertura mediática de estos casos, como las que se dan con los suicidios. "Hay que tratarlos, claro que sí, pero como lo que son, algo excepcional, no generalizado, y con todas precauciones", concluye Mora Merchán.

Gana quien se enfada

Enfadarse es una buena estrategia social y laboral. Dar un puñetazo encima de la mesa quizá no sea tan malo como pudiéramos pensar. En efecto, tal como señala un nuevo estudio, hasta podría ayudar a ascender en su carrera profesional al que la arma. Recíprocamente, reprimir nuestras emociones, dicen los científicos de la Escuela de Medicina de Harvard, no sólo podría dañar nuestras carreras, también podría ser un obstáculo para alcanzar la verdadera felicidad.La clave del éxito y de la felicidad realmente no está en ninguno de los dos extremos, sino en la capacidad para mantener el control. Es importante aprender a permanecer con el control mientras se mantiene firme, dicen los científicos: ni encerrarse en uno mismo ni estallar sin sentido.
El equipo de investigación cree que aunque las exhibiciones incontroladas de enojo son destructivas, aprender a canalizar positivamente nuestro enojo juega un papel fundamental en nuestro bienestar. «Internalizar esta emoción puede causar depresión, problemas de salud y dificultades para comunicarse con los demás. Todos sentimos alguna vez enojo, pero los individuos que aprenden a expresar esta emoción y al mismo tiempo pueden evitar las consecuencias explosivas y autodestructivas de la furia desenfrenada pueden lograr algo increíblemente poderoso en términos de crecimiento emocional general y salud mental». Para el líder del equipo de investigación norteamericano, «si aprendemos a definir y a controlar estas habilidades, podemos utilizarlas para lograr muchos beneficios».

perfiles virtuales

Somos iguales en la calle y en la Red: el tímido lo es también ante la pantalla y los cientos de amigos se reducen a pocos de verdad - Los primeros estudios sobre redes sociales rompen tópicos
Si juntamos los cuatro millones y pico de gente que ha colocado su perfil -pequeña biografía- en Facebook, añadimos otros tantos de MySpace, y algunos más de Tuenti, los muchísimos más de la red de ligues de Meetic, y los que agregan su currículum en Linkedin, prácticamente no hay español de entre 13 y 50 años ajeno a las redes sociales virtuales. España y el mundo son una inmensa red social etérea y anónima; pero los primeros estudios sociológicos no encuentran un gran cambio de actitud de la gente cuando pasea por la calle a cuando navega por Internet.
Jason Kauffman, Nicholas Christakis y Marcos González, de la Universidad de Harvard, autores del trabajo Tastes, ties and time (Gustos, lazos y tiempo), uno de los primeros grandes estudios sobre el comportamiento de la gente en las redes sociales. Ellos, con la autorización de Facebook, escrutaron la actividad diaria de todos los estudiantes de un college del noreste de Estados Unidos. Primer dato que se encontraron, el 97,4% de los escolares tenían su perfil en Facebook.
Las redes sociales virtuales son un fenómeno que no ha hecho más que comenzar. Con cifras de adhesiones estratosféricas (sólo MySpace, 300.000 diarias) y una actividad frenética, lo que empezó como una forma de búsquedas nostálgicas ha extendido tal actividad e influencia, que se investiga cómo se mueven esas redes y dónde pararán.
¿Pero cómo se mueven? ¿Por qué? ¿Quiénes son? Los investigadores de Harvard llevan cuatro años rastreando. "Si en tu perfil colocas una foto sonriendo tendrás más opciones de contactar con otra gente que también ha colocado en su perfil una foto sonriendo", explica Marcos González, firmante del estudio Tastes, ties and time de la Universidad de Harvard.
El estudio de Harvard demuestra que la gente que es popular en su instituto también tiende a tener más amigos en Facebook. Sorprendentemente el tímido en la calle lo es también en Internet, y le cuesta relacionarse, pese a que al ordenador podemos decirle que somos altos, guapos, rubios y ricos.

Diógenes y el e-mail

Si usted no suele borrar los correos electrónicos que le van llegando tenga cuidado, porque la cosa puede ir a más. El volumen de e-mails está creciendo de manera desorbitada, tanto por el spam como por la moda de socializar, y está provocando una epidemia entre los usuarios: el síndrome de Diógenes. Si a la cantidad de los mensajes que envían y reciben le añadimos el correo no deseado, nos encontramos con que la dirección de correo tiene que soportar una cantidad de mensajes que, en la mayoría de los casos, resulta imposible ir borrando sobre la marcha. Sobre las causas de esta sobrecarga de mensajes, Fernando Garrido, vicepresidente del Observatorio para la cibersociedad, revela el que puede ser uno de los principales motivos de que la mayoría de bandejas de entrada parezcan trasteros abandonados: "El usuario tiene la percepción de que su capacidad de almacenamiento es infinita, por lo que tan sólo elimina correos de coordinación (quedar en un sitio a una hora) o spam", Garrido va más allá y profundiza en la relación con el correo electrónico, culpable de que las cartas hayan pasado a mejor vida: "El valor de los e-mails está en su valor como configuradores de recuerdos personales, de la historia de cada uno en la Red.
Ya sea por nostalgia, por falta de tiempo o por simple dejadez, la sobrecarga de las bandejas de entrada es un hecho. Otra razón, a la que apunta el doctor en Psicología Guillermo Fouce, es que las personas estamos entrenadas tradicionalmente en la acumulación de conocimientos: "Tienen que cambiar las pautas de comportamiento, hay que cambiar hacia el saber dónde buscar".
Enrique Dans, profesor de sistemas tecnológicos del Instituto Empresa y experto en lo relacionado con el correo electrónico, confirma la nueva tendencia al síndrome de Diógenes. "La capacidad de las cuentas de correo es cada vez mayor, y también tienden a ser más fáciles de gestionar, así que es lógico que seamos cada vez más como Diógenes". Dans elaboró hace tiempo una clasificación sobre los usuarios del e-mail, que dividía en: "El auditor", que lo guarda y clasifica todo; "el dotado de memoria selectiva", a quien alguna vez le reventó el correo y ahora sólo guarda lo que considera importante; "el sentimental", que conserva todo lo que considera emotivo; "el vivalavirgen", que no guarda absolutamente nada; y "el diógenes", que guarda todo, servible o inservible.
Parece necesario, visto lo visto, hacer algunos ajustes para evitar que se nos contagie el síndrome de Diógenes.