Sobre todo esto se ha hablado, escrito y discutido mucho en EE UU, el lugar del mundo donde se han centrado este tipo de episodios en institutos y universidades, cometidos en la mayoría de los casos por uno de sus propios estudiantes. En 2002 se publicó en Washington un estudio conjunto del Departamento de Educación y el Servicio Secreto, Consideraciones para la prevención de los ataques a escuelas en EE UU, en el que se analizaban 37 casos ocurridos entre 1974 y 2000. Y he aquí la conclusión inconclusa: "No hay un perfil certero ni útil de los estudiantes envueltos en ataques a centros escolares".No lo hay, salvo que todos son varones, la mayoría entre 13 y 18 años. Apenas algunos puntos en común, demasiado inconexos para dibujar un patrón. "Nunca podremos solucionar todos los problemas y las cuestiones que determinan el comportamiento humano, muy complicado y complejo, tanto que la mayoría de las veces no se puede anticipar", decía Alvin Poussaint, profesor de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de Harvard, a la cadena norteamericana CBS poco después de la masacre de la Universidad de Virginia.Sí hay un punto en común, que si bien no explica el porqué sí señala el cómo: el acceso a armas de fuego.
El informe de 2002 de EE UU saca una conclusión empírica muy clara: de los 37 casos estudiados, en la mayoría los agresores no sólo tenían acceso a armas de fuego, sino que las habían usado y sabían cómo hacerlo. Para el psiquiatra italiano Antonio Preti, asesor clínico de los juzgados de Cagliari, "las personas que no tienen acceso a armas mortales son menos propensas a matar a otros o a matarse a sí mismos".
En EE UU, el fácil acceso a las armas es una cuestión de derecho constitucional, enredado absolutamente en la personalidad nacional. Michael Moore denunció precisamente eso en un documental sobre el suceso del instituto de Columbine, en Colorado, donde en 1999 dos adolescentes causaron 14 muertes antes de suicidarse. El debate se reabre en EE UU cada vez que hay un suceso de este tipo, pero no avanza.
Tan sólo unos síntomas que se pueden dar en cualquier persona en cualquier parte del mundo sin que lleguen a desencadenar semejantes matanzas. Se trata, por ejemplo, de la premeditación que hallaba el informe estadounidense de 2002, un periodo de incubación en que los muchachos suelen lanzar señales de auxilio.
"No son estudiantes invisibles. De hecho, casi todos ellos se comportan de manera que causan preocupación al menos a un adulto [...]", dice el texto. Muchos pasan por algún tipo de dificultad, un sentimiento de pérdida, y muchos han sido víctimas o se sienten víctimas de acoso escolar. "El acoso escolar y la victimización en la escuela se han señalado como factores de riesgo; pero el mayor factor de riesgo son las tendencias suicidas, como un síntoma del desorden mental. De hecho, el intento de suicidio se encontró en la mayoría de los casos", dice el psiquiatra italiano Antonio Preti. El especialista publicó un artículo en la revista de la Academia Americana de Psiquiatría y Justicia en el que conectaba la mayoría de estas masacres en escuelas con el suicidio.
También se ha hablado del afán de notoriedad por parte de las víctimas: los dos atacantes finlandeses dejaron grabado un vídeo en Internet en el que explicaban sus intenciones y sus motivos, venganza por ese acoso, por una decepción, porque se sienten atacados, perseguidos... "Creo que hay una especie de cultura de los ataques a centros escolares, lo que incluye a muchos individuos de países occidentales. Se comunican con los otros, se animan y en cierto sentido se garantizan esa inmortalidad", dice el profesor finlandés Vesa Puuronen.
"En las cuatro semanas siguientes al incidente del Columbine más de 350 alumnos fueron arrestados en EE UU acusados de algún tipo de amenaza contra escuelas", recuerda Antonio Preti, que reclama unas guías de actuación para la cobertura mediática de estos casos, como las que se dan con los suicidios. "Hay que tratarlos, claro que sí, pero como lo que son, algo excepcional, no generalizado, y con todas precauciones", concluye Mora Merchán.